Mayra de Jesús Barrera Abraján.
Licenciada en Educación Secundaria con Especialidad en Telesecundaria.
Es una de esas mañanas en que el cansancio se
acumula, el cuerpo se vuelve pesado, y la voluntad pende de un ánimo decaído.
La alarma incesante suena y suena. Por fin ella gana.
Salgo de la casa con el tiempo justo para
llegar a la escuela, acelero la marcha.
Mientras camino voy ordenando las ideas, repienso las propuestas de
trabajo, repaso algunos conceptos y procedimientos que tendremos que abordar.
Me siento segura y animada.
Llego a la escuela a las siete de la mañana.
Están apenas seis alumnos de veintiuno. En tanto espero al resto del grupo,
instalo mi computadora y el proyector con la idea de que así, se hará más
sencillo el trabajo de matemáticas.
Son las siete con quince minutos y apenas se
ha reunido la mitad de la clase. Me dispongo a empezar con ellos; sin embargo,
oponen resistencia argumentando que faltan los demás, que es mejor esperar. Yo
les explico que hay un reglamento que se acordó entre todos, mismo que nos
comprometimos a respetar, y que ya habíamos esperado más de diez minutos.
Durante esta discusión van llegando otros estudiantes.
Los alumnos se resisten, reniegan piden ir a
jugar. Incluso los que apenas van entrando al salón se unen a la demanda. “Para
que se nos quite el sueño profa”, manifiesta uno de ellos. Accedo a su petición
y salimos a la improvisada cancha de fútbol de la escuela. En un lapso no mayor
a los veinte minutos, los alumnos desfogan sus energías, se ríen, hacen bromas.
Se nota que disfrutan mucho del juego de las sillas. Regresamos al aula, en lo
que toman sus lugares les doy indicaciones de lo que haremos y el propósito
pretendido. Sus semblantes se transforman, las sonrisas se desdibujan y toman
forma de muecas y gestos de enfado, de desinterés, y en algunos casos de
resignación. He trabajado con ellos desde hace ya un año y sé lo que esos
rostros manifiestan y, por ende, sé también que este día será una batalla.
No se hacen esperar los comentarios: “profa
hace flojera”, “profa no hay q hacer nada”, “sí profa, siquiera hoy hay que
jugar, las materias aburren”. Yo los escucho y siento como el enojo y la
frustración se van subiendo a mi cabeza y se me cuela por los ojos. -Ya jugaron un ratito, no
podemos estar jugando todo el día muchachos, vamos a sacar el trabajo de hoy y,
si lo hacemos bien, jugamos a la salida. La respuesta de ellos sigue siendo
negativa: “no quiero hacer nada” es la sentencia que se inscribe en cada uno de
sus rostros. Ante esta situación no puedo evitar soltar un suspiro, “no es
posible –pienso para mis adentros– otra vez están con lo mismo, otra vez a
regatear con ellos, a limosnear un poco de cooperación”.
Casi como acto reflejo me siento de golpe en
mi silla, me llevo una mano al rostro, lanzo otro suspiro, me invade una sensación...
¿de derrotismo acaso? La cuestión es que por primera vez no quiero librar esta
batalla, no quiero batirme en un duelo de palabras, de recursos de persuasión,
de promesas de juegos o películas.
-Muchachos,
ya casi acaba la semana, les pido un último esfuerzo– los miro fijamente, ellos
esquivan mi mirada– ¡Ok! –levanto mi
tono de voz-
¿vamos a trabajar o a simular que trabajamos?
–Profa,
pues es que luego estas cosas son difíciles y ya no quiero cansarme de nuevo
pensando cómo hacerle.
En vez enojarme, reprenderlos y hacerlos
trabajar a fuerza, inhalé aire profundamente y lo dejé ir de un golpe. Asentí
con la cabeza:
–Está
bien, hagamos lo que más nos guste entonces.
Tomo mi libro en turno, El teorema del loro, de Denis Guedj. Al principio no percibo la
quietud que se hizo presente en el aula, hasta que un alumno me cuestiona:
–¿Profa
está enojada?
–No
Samuel, no estoy enojada.
–Sí
profa, sí se enojó porque sacó su libro y se puso a leer. Ya no nos hace caso,
¿no nos quiere enseñar?
–¿Y
ustedes quieren aprender? –se miran
unos a otros–. No les voy a negar
que al inicio sí me sentía molesta, pero se me pasó rápido. Entiendo que para
ustedes esto sea fastidioso, cansado, que no le encuentren sentido, créanme que
sí lo entiendo. Y espero que ustedes puedan entender que igual para mí, puede
ser cansado esto, y también puede ser tedioso en ocasiones.
Mis estudiantes levantan la mirada, ya no
buscan los ojos de sus compañeros sino los míos, yo también los miro y continúo
hablándoles:
–Hay
días que me despierto y desearía seguir durmiendo un poco más; otros, tener la
certeza de que cuando me levante iré a nadar, o andaré en bicicleta; o que me
prepararé un rico desayuno, leeré muchos libros, el periódico del día, y que
veré a la gente que quiero; que haré muchas cosas que he pospuesto por estar
aquí. Y no, no estoy enojada. Espero que entiendan que yo no soy de palo,
también siento, igual me canso, me aburro, me desespero y me frustro. Así que
mejor nos tomamos un respiro, si no tienen ganas, lo entiendo, me pasa igual.
Por hoy me permitiré aflojar el paso y hacer algo que quiero y ustedes también
pueden hacer lo que gusten.
El silencio se instaló por completo en el
aula, el intercambio de miradas se sostuvo por varios segundos. Por primera vez
hablábamos a través de los ojos del otro.
Regreso a mi lectura, me pierdo en la
recreación de cómo Tales de Mileto al observar la imponente pirámide de Keops,
siente la gran necesidad de conocer sus dimensiones, y cómo las determina a
partir del concepto de igualdad, el cual le viene a la mente al darse cuenta de
que el sol refleja su sombra y la de la pirámide, es decir, para el astro mayor
no hay nadie superior, y a todos nos trata por igual; somos iguales, aunque en
diferentes proporciones. Estas reflexiones netamente filosóficas lo llevaron a
plantear su teoría de las proporciones. La narración anecdótica enlazada a la
teoría matemática me atrapó de inmediato. Para cuando regreso a la realidad del
salón, observo que mis alumnos están dando solución a los ejercicios
matemáticos que les proporcioné en un par de fotocopias, con sus apuntes en la
mano, preguntándose entre ellos, discutiendo, intercambiando ideas, jugando a
ser un tal Tales.
Si los mejores generales retroceden o
emprenden la retirada, en ocasiones para reorganizar su ejército y replantear
sus estrategias de lucha, los docentes también necesitamos ese espacio, abrir
la posibilidad de invasión del otro,
sobre todo cuando sabemos que nuestros estudiantes no son enemigos. Habitamos
la tierra de Tales, donde el sol, o la vida, nos tratan por igual a fin de
cuentas, sin importar nuestras dimensiones o, en este caso, el papel que
juguemos en el aula. Docentes y alumnos sentimos, deseamos, nos decepcionamos.
Ambas partes compartimos ese dilema: la renuncia; renuncia a lo que realmente
desearíamos hacer, al lugar donde quisiéramos estar; renuncia a buena parte de
nuestro tiempo y, por ende, a fragmentos de nuestra existencia.
Artículo publicado en Revista Foro Pedagógico Número 3 Epoca II Año 2014
Llano Grande de Juárez, septiembre de
2013.
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