sábado, 20 de septiembre de 2014

En tierra de Tales…




Mayra de Jesús Barrera Abraján.
Licenciada en Educación Secundaria con Especialidad en Telesecundaria.



Es una de esas mañanas en que el cansancio se acumula, el cuerpo se vuelve pesado, y la voluntad pende de un ánimo decaído. La alarma incesante suena y suena. Por fin ella gana.
Salgo de la casa con el tiempo justo para llegar a la escuela, acelero la marcha.  Mientras camino voy ordenando las ideas, repienso las propuestas de trabajo, repaso algunos conceptos y procedimientos que tendremos que abordar. Me siento segura y animada.
Llego a la escuela a las siete de la mañana. Están apenas seis alumnos de veintiuno. En tanto espero al resto del grupo, instalo mi computadora y el proyector con la idea de que así, se hará más sencillo el trabajo de matemáticas.
Son las siete con quince minutos y apenas se ha reunido la mitad de la clase. Me dispongo a empezar con ellos; sin embargo, oponen resistencia argumentando que faltan los demás, que es mejor esperar. Yo les explico que hay un reglamento que se acordó entre todos, mismo que nos comprometimos a respetar, y que ya habíamos esperado más de diez minutos. Durante esta discusión van llegando otros estudiantes.
Los alumnos se resisten, reniegan piden ir a jugar. Incluso los que apenas van entrando al salón se unen a la demanda. “Para que se nos quite el sueño profa”, manifiesta uno de ellos. Accedo a su petición y salimos a la improvisada cancha de fútbol de la escuela. En un lapso no mayor a los veinte minutos, los alumnos desfogan sus energías, se ríen, hacen bromas. Se nota que disfrutan mucho del juego de las sillas. Regresamos al aula, en lo que toman sus lugares les doy indicaciones de lo que haremos y el propósito pretendido. Sus semblantes se transforman, las sonrisas se desdibujan y toman forma de muecas y gestos de enfado, de desinterés, y en algunos casos de resignación. He trabajado con ellos desde hace ya un año y sé lo que esos rostros manifiestan y, por ende, sé también que este día será una batalla.
No se hacen esperar los comentarios: “profa hace flojera”, “profa no hay q hacer nada”, “sí profa, siquiera hoy hay que jugar, las materias aburren”. Yo los escucho y siento como el enojo y la frustración se van subiendo a mi cabeza y se me cuela por los ojos. -Ya jugaron un ratito, no podemos estar jugando todo el día muchachos, vamos a sacar el trabajo de hoy y, si lo hacemos bien, jugamos a la salida. La respuesta de ellos sigue siendo negativa: “no quiero hacer nada” es la sentencia que se inscribe en cada uno de sus rostros. Ante esta situación no puedo evitar soltar un suspiro, “no es posible –pienso para mis adentros– otra vez están con lo mismo, otra vez a regatear con ellos, a limosnear un poco de cooperación”.
Casi como acto reflejo me siento de golpe en mi silla, me llevo una mano al rostro, lanzo otro suspiro, me invade una sensación... ¿de derrotismo acaso? La cuestión es que por primera vez no quiero librar esta batalla, no quiero batirme en un duelo de palabras, de recursos de persuasión, de promesas de juegos o películas.
-Muchachos, ya casi acaba la semana, les pido un último esfuerzo– los miro fijamente, ellos esquivan mi mirada¡Ok! –levanto mi tono de voz- ¿vamos a trabajar o a simular que trabajamos?
Profa, pues es que luego estas cosas son difíciles y ya no quiero cansarme de nuevo pensando cómo hacerle.
En vez enojarme, reprenderlos y hacerlos trabajar a fuerza, inhalé aire profundamente y lo dejé ir de un golpe. Asentí con la cabeza:
Está bien, hagamos lo que más nos guste entonces.
Tomo mi libro en turno, El teorema del loro, de Denis Guedj. Al principio no percibo la quietud que se hizo presente en el aula, hasta que un alumno me cuestiona:
¿Profa está enojada?
No Samuel, no estoy enojada.
Sí profa, sí se enojó porque sacó su libro y se puso a leer. Ya no nos hace caso, ¿no nos quiere enseñar?
¿Y ustedes quieren aprender? se miran unos a otros­–. No les voy a negar que al inicio sí me sentía molesta, pero se me pasó rápido. Entiendo que para ustedes esto sea fastidioso, cansado, que no le encuentren sentido, créanme que sí lo entiendo. Y espero que ustedes puedan entender que igual para mí, puede ser cansado esto, y también puede ser tedioso en ocasiones.
Mis estudiantes levantan la mirada, ya no buscan los ojos de sus compañeros sino los míos, yo también los miro y continúo hablándoles:
Hay días que me despierto y desearía seguir durmiendo un poco más; otros, tener la certeza de que cuando me levante iré a nadar, o andaré en bicicleta; o que me prepararé un rico desayuno, leeré muchos libros, el periódico del día, y que veré a la gente que quiero; que haré muchas cosas que he pospuesto por estar aquí. Y no, no estoy enojada. Espero que entiendan que yo no soy de palo, también siento, igual me canso, me aburro, me desespero y me frustro. Así que mejor nos tomamos un respiro, si no tienen ganas, lo entiendo, me pasa igual. Por hoy me permitiré aflojar el paso y hacer algo que quiero y ustedes también pueden hacer lo que gusten.
El silencio se instaló por completo en el aula, el intercambio de miradas se sostuvo por varios segundos. Por primera vez hablábamos a través de los ojos del otro.
Regreso a mi lectura, me pierdo en la recreación de cómo Tales de Mileto al observar la imponente pirámide de Keops, siente la gran necesidad de conocer sus dimensiones, y cómo las determina a partir del concepto de igualdad, el cual le viene a la mente al darse cuenta de que el sol refleja su sombra y la de la pirámide, es decir, para el astro mayor no hay nadie superior, y a todos nos trata por igual; somos iguales, aunque en diferentes proporciones. Estas reflexiones netamente filosóficas lo llevaron a plantear su teoría de las proporciones. La narración anecdótica enlazada a la teoría matemática me atrapó de inmediato. Para cuando regreso a la realidad del salón, observo que mis alumnos están dando solución a los ejercicios matemáticos que les proporcioné en un par de fotocopias, con sus apuntes en la mano, preguntándose entre ellos, discutiendo, intercambiando ideas, jugando a ser un tal Tales.
Si los mejores generales retroceden o emprenden la retirada, en ocasiones para reorganizar su ejército y replantear sus estrategias de lucha, los docentes también necesitamos ese espacio, abrir la posibilidad de invasión del otro, sobre todo cuando sabemos que nuestros estudiantes no son enemigos. Habitamos la tierra de Tales, donde el sol, o la vida, nos tratan por igual a fin de cuentas, sin importar nuestras dimensiones o, en este caso, el papel que juguemos en el aula. Docentes y alumnos sentimos, deseamos, nos decepcionamos. Ambas partes compartimos ese dilema: la renuncia; renuncia a lo que realmente desearíamos hacer, al lugar donde quisiéramos estar; renuncia a buena parte de nuestro tiempo y, por ende, a fragmentos de nuestra existencia.


Artículo publicado en Revista Foro Pedagógico  Número 3  Epoca II  Año 2014


Llano Grande de Juárez, septiembre de 2013.

 

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