domingo, 17 de febrero de 2013

La modernidad.





Por.  Flor de María Barlandas Rendón 
Sudirectora Académica de la  Escuela Normal Profr. Rafael Rampirez


 

Todo lo sólido se desvanece en el aire.
Marshall Berman(Marx)


Cómo conectarse al mundo luminoso de la modernidad. Su respuesta permite la pregunta ¿Qué es la modernidad? La definición es el preámbulo al objeto; su justificación conceptual significa buscar su sentido explicativo a nuestros lapsus de inquietud; en este caso, la bifurcación que se presenta en la dialéctica de lo posible e imposible, en la experiencia del tiempo y el espacio, de los humanos del hoy y del ayer: Ser modernos es encontrarnos en un entorno que nos promete aventuras, poder, alegría, crecimiento, transformación de nosotros y del mundo y que, al mismo tiempo, amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos.1  La modernidad, se afirma en cada generación, en un rostro y en todos, es la paradoja que tiene una gran resonancia en la experiencia humana, por lo mismo, se vuelve pertinente la pregunta ¿qué significa este término para el hombre actual? No es acaso este gran dinosaurio del pasado en la existencia del presente; no es ese dragón monstruo de siete cabezas que nos aniquila con su vociferar de fuego. Y la modernidad insiste en permanecer, en adelantarse a las felonías del hombre, en asirse como apergaminada a la piel y al cerebro, no dejar pensar en la esencia de la vida, se oculta en los resquicios, en lo efímero evanescente.  El hombre actual, en su generalidad, no quiere pensar, se resiste a ello, a sentir correr en su sangre la profundidad del pensar: llenarse de filosofía, de arte, poesía, de conocimiento, intuición y percepción, de lo maravilloso del saber y sentir, del imaginar y el crear. El hombre de hierro, el hombre de asfalto está olvidando su ser interior, su espiritualidad diferenciadora por el “deseo condicionado” manipulado hacia el “animado sugestivo y estereotipado”  producto del capitalismo, de sus inquietantes preferencias del tener por el ser. Es el cambio vertiginoso, inaudible que marca el camino etéreo hacia lo banal, lo hueco, lo fortuito. La modernidad es el mundo de la vacuidad consumista, autómata, repetida casi por inanición, originada a cambio por el sentimiento de la repetición y el enorme vacío del “tener” para ser; pero para ser un remolino más en el absurdo de la existencia que deteriora al ser verdadero, al ser que escapa a este monstruo de hierro, de plomo que aplasta inmisericorde; que arrastra a la gran vorágine el progreso, de llenarse de cosas sin sentido, esa enfermedad consumista del tener más…  más… y más… de forma irracional que origina la competitividad superflua.
La modernidad lleva de la mano al progreso y éste a la novedad, el animal más feroz que ataca a lo humano, lo convierte en la rutina, el ocio, la mediocridad, todo lo engulle desaforado; no obstante tiene estas dos caras, por la otra parte, implica el descubrimiento, la tecnología, el confort, la comunicación instantánea por múltiples medios; pero el lado oscuro se agazapa en la desigualdad y el mal uso de la ciencia en términos económicos y políticos: Ser modernos es vivir una vida de paradojas y contradicciones. Es estar dominados por las inmensas organizaciones burocráticas que tienen el poder de controlar, y a menudo de destruir, las comunidades, los valores, las vidas, y sin embargo, no vacilar en nuestra determinación de enfrentarnos a tales fuerzas, de luchar para cambiar su mundo y hacerlo nuestro.2  


Asumir esta posibilidad significaría ser revolucionario y conservador a la vez en su necesaria selección, qué sí, que no cambiar, qué valores asumir, qué valores trasformar, es visualizar el reto de la ironía y la crítica como forma de
de resistencia. Esta es una panorámica de la cultura “modernista” que se impregna de profundas contradicciones. Realidad paradójica en donde estamos navegando en medio de una “moderna cultura del progreso…” y su concomitante destrucción. Vivimos la decadencia de un planeta superpoblado y saqueado, el nuevo apocalipsis de la humanidad tras los excesos del abuso del poder, el desaforado deterioro ambiental, la plaga del capitalismo y el desarrollo desigual, los latentes desastres nucleares, las guerras biológicas, el uso de la ingeniería genética sin control, abren nuevos y modernos modos de vida más deshumanizados que se filtran en esas maneras de “aprender a vivir” en los estereotipos de los medios de comunicación y las sorprendentes tecnologías que supeditan las conciencias en los valores del amar, creer y vivir, aparte de toda la carga religiosa, los mimetiza en la sexualidad, creencias, hábitos alimenticios, vestido, en sí, “estilos de vida estándar”; economía mundo que se traga la humanización, la vomita en barbarie: ¡pobres hombres que sólo ostentamos su única posible mediocridad que se debate en su cuadratura de hierro condicionados hasta las entrañas! No deja ver lo que cada generación ha experimentado históricamente, su propia modernidad ¿Acaso tendrá un margen de esperanza? Tendrá la oportunidad de su propia emancipación, o tal vez signifique sólo verse reflejados en el espejismo de la modernidad; en la bruma de sus deseos marchitos por la infranqueable monotonía del ser extinto devorado por la nada sin rostro, sin cuerpo, sin nombre, que nos hace sentir flamantes, exitosos, únicos al volante de un auto último modelo, ante un estereofónico, computadora, el celular novedoso, la mejor casa equipada o una cuenta bancaria. Sí ¡cuidado! la prepotencia y la soberbia se adueñan del instinto más mediocre del tener para ser, el dios de la modernidad globalizada, la trampa del canto de las sirenas, la seducción donde: Todo lo sólido se desvanece en el aire.