En el río de Heráclito: nada sucede dos veces.
Victoria Jorge Salvador
Docente
de la ENUF Rafael Ramírez. Cuerpo Académico Formación, cultura
escrita y pensamiento
Si no me preguntas que
es el tiempo, lo sé.
Si me preguntas qué
es el tiempo, no lo sé.
San Agustín de Hipona
En la vida existen eventos
biológicos de edición única: mudamos dientes una sola vez, nunca se cumplen quince años dos veces, desde
el punto de vista científico morimos para siempre y no hay más. La lista de
ejemplos que lo ilustran es vasta. Estos
son solo algunos. Generalmente, pasan
a formar
parte de los hitos que más apuntalan y
vertebran nuestra vida. Dada su importancia y conscientes de su
carácter etéreo, la mayoría de las
veces, en el afán de perennizarlos
solemos imprimir placas, grabar
un film, elaborar un álbum, escribir un diario o una memoria. Capturando así, con presteza, los momentos más
álgidos del aquí y el ahora,
antes de perder su lozanía.
También en ámbitos
específicos, de carácter social, como el de la escuela, se vivencian acontecimientos de dosis única: la vida escolar también tiene lo suyo. Ejemplifiquemos: En la
escuela primaria nos alfabetizamos durante los primeros dos años (idealmente).
En el nivel de secundaria no se repiten dos cursos de algebra elemental. Al
finalizar los estudios de licenciatura sólo nos graduamos una vez en la misma
carrera.
Los profesores solemos trabajar una sola vez el
mismo curso y con los mismos alumnos.
Por lo tanto, debemos optimizar
esta oportunidad única para
desarrollar una clase frente al auditorio. No hay minuto que
perder en nimiedades porque el
tiempo es efímero, y no volverá, al menos no en
circunstancias iguales. En el río de Heráclito nadie puede bañarse dos
veces en las mismas aguas. Todo tiene su momento ex profeso. Existe
un tiempo para todo. El precioso libro del Eclesiastés, el menos religioso del antiguo
testamento, lo define en forma sencilla y diáfana: “hay un tiempo para nacer, y
un tiempo para morir. Un tiempo para reír, y un tiempo para llorar. Un tiempo para plantar, y un tiempo para cosechar…”
Si los aprendizajes
escolares fueran oportunos en tiempo y forma, ahorraríamos a los alumnos algunas situaciones difíciles, bochornosas, y a veces, hasta
denigrantes, como las siguientes:
a) Muchos egresados de la
escuela primaria no deberían llegar a las aulas de la escuela secundaria sin
alfabetizarse, porque esta tarea le corresponde a la primera, durante los
primeros años de su estancia. Si este compromiso se realizara puntual y en su horario destinado, los docentes de la escuela
secundaria solo harían lo propio:
consolidar el sistema de escritura en situaciones más formales de la lengua, y
no continuar alfabetizando como a
menudo ocurre. El profesor de la escuela
secundaria, que vive esta situación, siente
molestia de esta enfermedad
endémica, porque el trabajo destinado a sus homólogos que le antecedieron
no fue realizado conforme a lo convenido.
b) La mayoría de los estudiantes de nivel superior, a su ingreso, no tienen el dominio elemental de la cultura
escrita. En otras palabras, después de cursar
quince años de escolaridad,
ingresan al nivel superior sin “utilizar el lenguaje oral y escrito con
claridad, fluidez y adecuadamente, para interactuar en distintos contextos sociales,” como reza el discurso de la trillada letanía
del perfil de egreso de todos los niveles antecesores. Y que en la práctica
constatamos que se traduce en llana
retórica. Luego entonces ¿Qué
hicimos los profesores y los alumnos en
las aulas durante tanto tiempo?
Estos dos
ejemplos constituyen solo una
nano-muestra de lo que podemos traer a juicio.
Al momento solo nos estamos
refiriendo a un tema relacionado
con la lengua. Los
contenidos en otras asignaturas
por el momento tendrán que esperar su análisis.
A propósito de convencionalismos. En el argot educativo
existe una idea que con el paso del tiempo se volvió un mito: una clase ideal
debe planearse, desarrollarse y evaluarse; el profesor no solo debe trabajar de manera presencial sino que
también antes y después. A esto
se le conoce como los tres
momentos pedagógicos. En apego a esto, y siguiendo los principios del
constructivismo, el “facilitador” debe realizar una tarea previa,
generalmente solitaria y
oculta, en la que permanentemente se prepara para refrescar una
y otra vez su discurso, para que sus actuaciones no resulten áridas o
redundantes. Algunos teóricos de la pedagogía
como Jackson los han bautizado con
nombre y apellido. Para el primer momento, utiliza el rimbombante término de “fase pre-activa”. Esta comprende toda la tarea que el docente realiza como
preámbulo de su actuación. Luego sigue
la “fase activa”, que consiste en activar la relación pedagógica. En la
“fase pos-activa”, el “facilitador” prepara
y aplica instrumentos para estimar y medir
saberes obtenidos en la clase. Momentos que si se siguen al pie de la letra, bastaría con realizarlos y asunto arreglado.
Si el profesor no se saltó
ninguna fase, planeó, desarrolló y evaluó su clase. Es decir, si siguió el
ritual de los pasos, ¿por qué con recurrencia
encontramos alumnos con déficits
de aprendizaje? Además, si los
momentos pedagógicos referidos son suficientes para conseguir aprendizajes
exitosos, ¿por qué dejar tareas extras a los alumnos?, ¿por qué les hacemos
exámenes, si la “fase pos-activa” ya los
contempló? ¿Para qué la evaluación de la evaluación? ¿O solo es una estratagema
para apantallar? Un conocido aforismo
dice “que lo que bien se aprende
no se olvida”. Entonces, ¿para qué tanto
enredo? ¿O acaso los alumnos aprenden mejor solos, en su casa,
que con la ayuda del profesor? ¿Repasar
contenidos un día antes del
examen garantiza que lo que no se aprendió en su momento puede conseguirse bajo presión?
Por otro lado, ¿aprenderá más un estudiante cuando expone
frente al grupo que cuando el profesor expone magistralmente la clase? Recordemos
que el docente es el experto (o
debería serlo), y está obligado a saber más que el alumno.
La
enseñanza oportuna es plusvalía, es
ganancia. No hacer las cosas a tiempo y en su tiempo implica privación. La tarea
que muchos estudiantes realizan in
extremis para presentar los
exámenes bimestrales, semestrales, finales y generales de
conocimientos, implican un déficit,
porque vuelven a invertir esfuerzo, tiempo y a veces hasta dinero, en la
revisión de un proceso que ya tuvo lugar. El proceso pedagógico con todo y sus
“momentos” parece no tener el efecto deseado
Hay que tener la sabia
virtud de Leduc y su sabiduría, por supuesto, para hacer las cosas a tiempo y
en su tiempo. No hay más. Hacerlas en el
tiempo ordinario es plusvalía. En este sentido el tiempo también es oro. Para
luego no tener que implementar acciones extraordinarias que nos hacen
perder inicuamente más tiempo.
Cuando los estudiantes pasan
por nuestras manos no es algo baladí.
Deberíamos aprovechar la oportunidad,
porque es sólo un momento, un instante,
como la vida. Y si ese momento no lo aprovechamos, jamás se volverá a
repetir, al menos en idénticas circunstancias. Este bello poema de Symborska ilustra muy
bien el hecho de ser oportunos en
nuestras acciones:
Nada sucede dos veces
ni va a suceder, por eso
sin experiencia nacemos,
sin rutina moriremos.
En esta escuela del mundo
ni siendo malos alumnos
repetiremos un año,
un invierno, un verano.
No es el mismo ningún día,
no hay dos noches parecidas,
igual mirada en los ojos,
dos besos que se repitan.
ni va a suceder, por eso
sin experiencia nacemos,
sin rutina moriremos.
En esta escuela del mundo
ni siendo malos alumnos
repetiremos un año,
un invierno, un verano.
No es el mismo ningún día,
no hay dos noches parecidas,
igual mirada en los ojos,
dos besos que se repitan.
Antaño, antes de la llegada del
constructivismo, no sabíamos de la existencia
de “momentos pedagógicos”. No
obstante, los profesores trabajaban y no siempre con malos resultados. Cuánta razón tiene Pennac cuando indica “que
pedagogos éramos cuando no sabíamos nada de pedagogía”. ¿Será que antes el
profesor enseñaba, no facilitaba?
Muchas modas pedagógicas solo se reciclan. A
finales de los sesenta y principios de los setenta el horario de la escuela secundaria era de siete de la mañana a dos de la tarde, de lunes a sábado. ¿No es
esto un símil de la actual escuela de tiempo completo? Los consejos técnicos
consultivos de antes y los consejos técnicos escolares actuales
realizan funciones parecidas solo que a los de hoy les han dado una nueva pincelada y un poco más de maquillaje.
Existe la percepción de que cuando el profesor es responsable y asume su tarea con
profesionalismo obtiene buenos
resultados sin adjetivar lo que hace. Esta percepción no es la única ni
es aislada. Inger
Enkvist en su provocador texto La educación en peligro cita:
“Muchos estamos profundamente
desanimados por la banalización de la cultura que observamos a nuestro
alrededor, sobre todo si la comparamos con la década de los cincuentas y
sesentas (el pueblo cada vez más tonto)
esta impresión es solo nostalgia
de las personas de mediana edad, un sentimiento de pérdida o de que lo pasado era mejor”.
El maestro clásico de antaño enseñaba, se
esforzaba en cumplir con su tarea porque
sabía que el conocimiento es producto del trabajo duro y con mucho
esfuerzo. El maestro actual ya no
enseña. La pedagogía posmoderna con la llegada del constructivismo eliminó la
palabra enseñar. Hoy “ todos aprenden de todos”. Actualmente, se considera reaccionario decir
que una persona enseña a otra. Y así nos va y nos ha ido en el ámbito de la
educación.
Artículo publicado en la Revista Foro Pedagógico Número 3 Época II Año 2014.
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