sábado, 20 de septiembre de 2014

En el río de Heráclito: nada sucede dos veces.



En el río de Heráclito: nada sucede dos veces.


Victoria Jorge Salvador 
Docente de la ENUF Rafael Ramírez. Cuerpo Académico Formación, cultura escrita y pensamiento

Si no me preguntas que es el tiempo, lo sé.
   Si me preguntas qué es el tiempo, no lo sé.
San Agustín de Hipona    


   


En la vida existen eventos biológicos de  edición única:   mudamos dientes una sola vez,  nunca se cumplen quince años dos veces, desde el punto de vista científico morimos para siempre y no hay más. La lista de ejemplos  que lo ilustran es vasta. Estos son solo algunos.  Generalmente, pasan a  formar  parte de  los hitos que más  apuntalan y  vertebran  nuestra  vida. Dada su importancia y conscientes de su carácter etéreo,  la mayoría de las veces, en el afán de perennizarlos  solemos  imprimir placas, grabar un film, elaborar un álbum, escribir un diario o una memoria. Capturando así,  con presteza, los momentos más


álgidos del aquí y el ahora, antes de   perder su   lozanía.   

También en  ámbitos  específicos, de carácter social, como el de la  escuela, se vivencian  acontecimientos de dosis única:   la vida escolar  también tiene lo suyo. Ejemplifiquemos: En la escuela primaria nos alfabetizamos durante los primeros dos años (idealmente). En el nivel de secundaria no se repiten dos cursos de algebra elemental. Al finalizar los estudios de licenciatura sólo nos graduamos una vez en la misma carrera. 

Los  profesores solemos trabajar una sola vez el mismo curso y con los mismos alumnos.  Por lo  tanto, debemos  optimizar  esta   oportunidad única para desarrollar  una  clase frente al auditorio. No hay minuto que perder en nimiedades  porque el tiempo  es efímero, y   no volverá, al menos no  en  circunstancias iguales. En el río de Heráclito nadie puede bañarse dos veces en las mismas  aguas. Todo tiene su momento ex profeso. Existe  un tiempo para todo. El precioso libro del Eclesiastés, el menos religioso del antiguo testamento,  lo define  en forma sencilla y diáfana: “hay un tiempo para nacer, y un tiempo para morir. Un tiempo para reír, y un tiempo para llorar. Un tiempo para plantar, y   un tiempo para cosechar…”

Si los aprendizajes escolares  fueran  oportunos en tiempo y forma,  ahorraríamos a los alumnos  algunas situaciones difíciles,  bochornosas, y a veces, hasta denigrantes,   como las  siguientes: 

a) Muchos egresados de la escuela primaria  no deberían llegar  a las aulas de la escuela secundaria sin alfabetizarse,  porque esta  tarea  le corresponde a la primera, durante los primeros años de su estancia. Si este compromiso se realizara  puntual y en su  horario destinado, los docentes de la escuela secundaria  solo harían lo propio: consolidar el sistema de escritura en situaciones más formales de la lengua, y no continuar  alfabetizando  como  a menudo  ocurre. El profesor de la escuela secundaria, que vive esta situación, siente  molestia  de esta enfermedad endémica,   porque el trabajo  destinado a sus homólogos que le antecedieron no fue realizado conforme a lo convenido.

 b) La mayoría de los estudiantes de  nivel superior, a su ingreso, no tienen      el dominio elemental de la cultura escrita. En otras palabras, después de cursar  quince años de escolaridad,  ingresan  al nivel superior sin  “utilizar el lenguaje oral y escrito con claridad, fluidez y adecuadamente, para interactuar en distintos contextos sociales,”  como reza el discurso de la trillada letanía del perfil de egreso de todos los niveles antecesores. Y que en la práctica constatamos que se traduce en llana  retórica. Luego entonces  ¿Qué hicimos los profesores y los alumnos  en las aulas  durante tanto tiempo?

Estos   dos  ejemplos   constituyen solo una nano-muestra de lo que podemos traer a juicio.  Al momento solo nos  estamos refiriendo  a un tema    relacionado  con la lengua. Los  contenidos  en otras asignaturas por el momento tendrán que esperar su análisis.

A propósito de convencionalismos. En el argot educativo existe una idea que con el paso del tiempo se volvió un mito: una clase ideal debe planearse, desarrollarse y evaluarse; el profesor no solo  debe trabajar de manera presencial sino que también  antes y después.  A esto  se le conoce como los  tres momentos pedagógicos. En apego a esto, y siguiendo los principios del constructivismo,  el “facilitador”  debe realizar una tarea  previa,  generalmente  solitaria y oculta,  en la que  permanentemente se prepara para refrescar una y otra vez su discurso, para que sus actuaciones no resulten áridas o redundantes. Algunos teóricos de la pedagogía como Jackson  los han bautizado con nombre y apellido. Para el primer momento, utiliza el  rimbombante término de  “fase pre-activa”.  Esta comprende toda  la tarea que el docente realiza como preámbulo de su actuación. Luego  sigue la “fase activa”, que consiste en activar la relación pedagógica.  En   la “fase pos-activa”, el “facilitador”  prepara y aplica instrumentos para estimar y medir  saberes obtenidos en la clase. Momentos que  si se siguen al pie de la letra,   bastaría con realizarlos y asunto arreglado.

Si el profesor no se saltó ninguna fase, planeó, desarrolló y evaluó su clase. Es decir, si siguió el ritual de los pasos, ¿por qué con recurrencia  encontramos alumnos con déficits  de aprendizaje?  Además,  si  los momentos pedagógicos referidos son suficientes para conseguir aprendizajes exitosos, ¿por qué  dejar tareas  extras a los alumnos?, ¿por qué les hacemos exámenes, si  la “fase pos-activa” ya los contempló? ¿Para qué la evaluación de la evaluación? ¿O solo es una estratagema para apantallar? Un conocido aforismo  dice  “que lo que bien se aprende no se olvida”. Entonces, ¿para qué  tanto enredo? ¿O acaso los alumnos aprenden mejor solos,  en su casa,  que con la ayuda del profesor? ¿Repasar  contenidos un día antes del  examen garantiza que lo que no se aprendió en su momento  puede conseguirse bajo presión?
 
Por otro lado,  ¿aprenderá más un estudiante cuando expone frente al grupo  que cuando  el profesor expone magistralmente la clase?  Recordemos  que el  docente es el experto (o debería serlo), y está obligado a saber más que el alumno.
 
 La enseñanza  oportuna es plusvalía, es ganancia. No hacer las cosas a tiempo y en su tiempo implica privación.  La tarea  que muchos estudiantes  realizan  in extremis para presentar   los exámenes  bimestrales,  semestrales, finales y generales de conocimientos,  implican un déficit, porque vuelven a invertir esfuerzo, tiempo y a veces hasta dinero, en la revisión de un proceso que ya tuvo lugar. El proceso pedagógico con todo y sus “momentos” parece no tener el efecto deseado

Hay que tener la sabia virtud de Leduc y su sabiduría, por supuesto, para hacer las cosas a tiempo y en su tiempo. No hay más. Hacerlas  en el tiempo ordinario es plusvalía. En este sentido el tiempo también es oro.  Para  luego no  tener que  implementar acciones extraordinarias  que nos hacen  perder inicuamente  más tiempo.

Cuando los estudiantes pasan por nuestras  manos no es algo baladí. Deberíamos  aprovechar la oportunidad, porque es sólo un momento, un instante,  como la vida. Y si ese momento no lo aprovechamos, jamás se volverá a repetir,  al menos en idénticas  circunstancias.   Este bello poema de Symborska ilustra muy bien el hecho de  ser oportunos en nuestras acciones:

Nada sucede dos veces
ni va a suceder, por eso
sin experiencia nacemos,
sin rutina moriremos.

En esta escuela del mundo
ni siendo malos alumnos
repetiremos un año,
un invierno, un verano.

No es el mismo ningún día,
no hay dos noches parecidas,
igual mirada en los ojos,
dos besos que se repitan.
Antaño, antes de la llegada del constructivismo, no sabíamos de la existencia  de  “momentos pedagógicos”. No obstante, los profesores trabajaban y no siempre con malos resultados.  Cuánta razón tiene Pennac cuando indica “que pedagogos éramos cuando no sabíamos nada de pedagogía”. ¿Será que antes el profesor enseñaba, no facilitaba?

Muchas modas pedagógicas solo se reciclan. A finales de los sesenta y principios de los setenta  el horario de la  escuela secundaria era  de siete de la mañana  a dos de la tarde, de lunes a sábado. ¿No es esto un símil de la actual escuela de tiempo completo? Los consejos técnicos consultivos de  antes y  los consejos técnicos escolares actuales realizan funciones parecidas solo que a los de hoy  les han dado una nueva pincelada y   un poco más de maquillaje. 

Existe la percepción de que cuando el profesor  es responsable y asume su tarea con profesionalismo  obtiene buenos resultados sin  adjetivar lo que hace.  Esta percepción no es   la única ni  es  aislada.  Inger  Enkvist  en su provocador texto La educación en peligro  cita: 
         “Muchos estamos profundamente desanimados por la banalización de la cultura que observamos a nuestro alrededor, sobre todo si la comparamos con la década de los cincuentas y sesentas (el pueblo cada vez más tonto)  esta  impresión es solo nostalgia de las personas de mediana edad, un sentimiento de pérdida o  de que lo pasado era mejor”.

El maestro clásico de antaño enseñaba, se esforzaba en cumplir con su tarea porque  sabía que el conocimiento es producto del trabajo duro y con mucho esfuerzo.   El maestro actual ya no enseña. La pedagogía posmoderna con la llegada del constructivismo eliminó la palabra enseñar. Hoy  “ todos  aprenden de todos”.  Actualmente, se considera reaccionario decir que una persona enseña a otra. Y así nos va y nos ha ido en el ámbito de la educación.
 


Artículo publicado en la Revista Foro Pedagógico Número 3  Época II  Año 2014.








     

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